
El coronavirus llegó como una bofetada para el ser humano y lo llevó obligatoriamente a encerrarse en sus hogares. No preguntó si queríamos estar en nuestras casas encuarentenados. ¿Nos obligó a descansar? El encierro nos llevó a un cansancio mental. Depresiones, trastornos del ánimo, a los videosnarcisismos y otros efectos que hasta el día de hoy vemos sus consecuencias. Como dice el filósofo Byung-Chul Han: “de un modo u otro, todos nos sentimos hoy muy fatigados y extenuados. Se trata de un cansancio fundamental, que permanentemente y en todas partes acompaña nuestra vida como si fuera nuestra propia sombra. Durante la pandemia, nos sentimos incluso más agotados que de costumbre. Hasta la inactividad a la que fuerza el confinamiento nos fatiga. No es la ociosidad, sino el cansancio, lo que impera en tiempos de pandemia”.
La invitación a parar libremente y descansar no es muy común que el ser humano la practique con regularidad. Nos cuesta parar. Sentimos a veces la necesidad de realizar muchas cosas porque la vida hay que vivirla intensamente. Es cierto, hay que vivirla de esa manera, pero reconociendo los tiempos para descansar el cuerpo, el alma y el espíritu. ¿Se descansa el alma y el espíritu?
Jesús en el Evangelio de Marcos, capítulo 6, 34, invita a los apóstoles a parar y descansar en un lugar solitario y tranquilo. Ciertamente, el anuncio del Reino de Dios era la prioridad para Él y les enseñaba a los discípulos la importancia que tenía ese anuncio. Pero también era consciente de que el descanso, el apartarse, alejarse, era un espacio privilegiado para encontrase en oración con el Padre de una manera más coloquial. En el descanso descubría lo que había anunciado, la gente con la que se había encontrado y sanado. Pensar lo que había hablado a la multitud, sus enfrentamientos con los sacerdotes y escribas. Jesús para descansar el alma y el espíritu, en Mateo 6,34, les dice a sus discípulos que “cada día tiene su afán”. Cada día tiene su momento. Cada día Dios va actuando en nuestras vidas.
Nos cuesta parar, nos cuesta alejarnos a un lugar tranquilo y apartado. Nos cuesta descansar. Al igual que Jesús, busquemos nuestras Betanias, y como María, elijamos la mejor parte. Descansar en el espíritu.
Psicológicamente, cuando paramos, nos conectamos con nuestras emociones y sentimientos. Reflexionamos acerca de lo vivido. El parar nos da estabilidad emocional. Nos ayuda a crecer como persona en relación con otros. El parar nos hace mejores personas, porque nos sensibiliza y nos ayuda a mirar con otros ojos a quienes están a nuestro lado y vamos valorando lo que tenemos
En estas vacaciones, Jesús nos invita a parar, descansar, observar, meditar los caminos que hemos recorrido. Los rostros de las distintas personas que han estado presentes en nuestras vidas y que, con el quehacer diario, no nos damos cuenta que están a nuestro lado.
En estas vacaciones necesitamos descansar. Cada uno descubre su ritmo, sus tiempos y espacios. Pero el parar y mirar las huellas dejadas, se logra cuando el alma y espíritu están quietos y calmados para ver con los ojos interiores lo que ha sido el año. Las historias vividas. Caer en la cuenta acerca del cansancio físico y mental. Cuando uno está en ese estado de quietud interior, logra agradecer a Dios por lo vivido, logra mirar con ojos de gratitud los senderos recorridos.
Cristián Rivera D.
Encargado Orientación y Psicología