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  • 26
    septiembre 2022

    Estimada comunidad:

    Volvemos a clases después de la semana de vacaciones de fiestas patrias. Ayer tuvimos el Día de Oración por Chile, con la procesión de la Virgen del Carmen. Después de tres años de tensión en el país, con violencia en las calles, con plebiscitos de entrada y salida con respecto a una posible nueva constitución, es necesario seguir rezando por nuestro país.

    El Evangelio de la misa de ayer -domingo 26 del tiempo ordinario, ciclo C-, es la parábola del rico y del pobre Lázaro tirado junto a su puerta, sin pedir ayuda, pero esperando recibirla. Es uno de los textos más desafiantes de la Biblia. Con esta parábola, Jesús nos incomoda profundamente, especialmente a quienes tenemos una vida con ciertas comodidades.

    No se dice que el pobre sea una buena persona ni que el rico sea una mala persona. Sólo se dice que después de la muerte de ambos, se revierte su situación.

    ¿Era malo el hombre rico de la parábola? No parece, es cierto que incluso después de muerto sigue siendo mandón, tratando al pobre como su sirviente. Pero uno también ve en el rico buenos sentimientos, al preocuparse del destino de sus cinco hermanos.  ¿Cuál es su gran pecado? ¿Ser rico? ¿Hay que desprenderse de todo el dinero y las posesiones que uno tiene?

    Jesús le pide eso a algunos, pero no a todos. Zaqueo se desprende de la mitad de sus bienes y devuelve lo mal habido, y eso basta. Cada uno debe saber cuánto dar y cuánto dejarse para sí y los suyos. Pero es bueno que nos sintamos incómodos, especialmente en Chile, en que hay mucha desigualdad social.

    En mi opinión, uno de los pecados del rico es gastar demasiado. Aunque Jesús dice que son bienaventurados los pobres y también exclama: ¡ay de los ricos! Yo me atrevo a decir que tener mucho dinero no es pecado. El Antiguo Testamento lo considera una bendición de Dios. El pecado es gastar el dinero en forma egoísta.

    Pero hay dos puntos más. Recuerdo que hace muchos años, creí darme cuenta de que el gran pecado del rico era "no ver" al pobre, estar tan ocupado con sus magníficos banquetes que ni se había dado cuenta de la existencia del pobre tirado a su puerta. Jesús nos invita a abrir los ojos para ver a quien me necesita.

    Pidamos a Dios que nos ayude a abrir los ojos del corazón para ver al que está cerca necesitando nuestra ayuda.

    Un punto más. Hace no muchos años, meditando una vez más este Evangelio, me di cuenta de que el rico sí conocía al pobre, porque de hecho lo reconoció después de la muerte. No era que no lo viera, simplemente lo ignoraba. Eso es peor que no haberlo visto. Pidamos a Dios no sólo ver, sino acoger a quien nos necesita. Es el mismo tema de Mateo 25: "tuve hambre y no me diste de comer".

    A veces quien necesita mi ayuda no es alguien sin dinero, sino alguien que necesita ser acogido, escuchado. Recuerdo que un sacerdote norteamericano, misionero en Japón, nos decía que allá casi no hay personas sin dinero, pero hay muchas personas con serios problemas mentales o emocionales:  "mentally disturbed". Solemos hacerle el quite a esas personas.

    No se dice que el pobre pidiera ayuda.  Sólo se dice que estaba a la puerta del rico y que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico. Quizás era un hombre que causaba repugnancia. Puede que sus llagas hubieran sido debido a una enfermedad a la piel, que en esa época eran rápidamente catalogadas como lepra. Quizás el pobre Lazaro "no debía" estar ahí, sino aislado, y por eso a nadie se le ocurría salir en su ayuda. Pero Dios lo recibe a su lado.

    Organizar banquetes de vez en cuando está bien. Aceptar la invitación a una buena comida, también es algo bueno. Pero si eso nos ocupa tanto tiempo que ni se nos ocurre salir en ayuda de quien nos necesita, estamos ocupando mal nuestro breve tiempo aquí en la tierra. Jesús nos dice que esto tendrá consecuencias para la eternidad.

    Pidamos a Jesús que nos ayude a darnos tiempo para ir en ayuda de quienes nos necesitan, aunque sean personas que nos incomoden profundamente. Jesús lo agradecerá como un favor hecho a Él mismo. Y esas personas necesitadas nos recibirán en el cielo cuando todos hayamos muerto.

    Esta es una lección de Jesús que no podemos esquivar y tenemos el deber de enseñarla en nuestro Colegio, por dura que parezca. Si aprendemos esa lección del Señor, seremos verdaderamente libres y lograremos la felicidad que todos buscamos, no sólo en esta vida, sino también en la eternidad. Y haremos un aporte a que Chile sea un país con menos desigualdad, más justo y - consecuentemente - con mayor paz social.

    Fraternalmente unidos en el Verbo Divino,

    Sergio Edwards SVD

    Lunes 26 de septiembre de 2022